Si usted es de los que creen que una persona tiene mayor credibilidad porque se viste de traje y corbata, lamento informarle que con Lucas sufrirá una gran decepción en ese absurdo razonamiento que parece sacado de los tiempos de las tirantas de Alejandro Ordóñez.

(¿Quién es Valentina Gómez?)

Lucas no usa zapatos Ferragamo, como los de Armando Benedetti o Gustavo Petro; tampoco se viste con trajes Arturo Calle, como los de Germán Varón Cotrino. Es más, en los casi dos años que llevo viéndolo de lunes a viernes en la cabina de La W, creo que se ha puesto corbata máximo cinco veces. Todo un récord Guinness para alguien que se la pasa yendo de arriba abajo por los pasillos de mármol del Capitolio Nacional, codeándose con unos señores que en su mayoría miden todo según la máxima que inmortalizó el compositor Jorge Villamil en aquella vieja canción: amigo, cuánto tienes, cuánto vales.

Cada mañana, faltando un cuarto de hora para las seis, el editor político del noticiero más escuchado e influyente de la radio colombiana llega de jeans, tenis y camiseta. Saluda con una sonrisa imposible para  los que tenemos que entrar a trabajar a horas inhumanas y luego, sentado en silencio, empieza a revisar sus apuntes.

Las últimas notas del himno nacional marcan el inicio de las horas más agitadas para él. Son las seis de la mañana y Julio Sánchez Cristo empieza su gran ronda de noticias que recorre Colombia y el mundo. En ese momento Lucas comienza a desgranar una a una las primicias que, entre reuniones, cafés, llamadas telefónicas y chats, logró cosechar el día anterior: que los liberales están divididos, que Germán Vargas Lleras prepara un acercamiento con el Centro Democrático, que Claudia López gritó más ayer que antier… En fin, el desayuno colombiano de siempre tiene como gran chef a Lucas, quien define con maestría qué ingrediente tiene mejor sabor y más picante para dejar al país satisfecho –y pidiendo más– con esas historias que, a fin de cuentas, son de
cocina.

A veces, estando en plena emisión, le timbra el celular y sale despavorido a refugiarse en un rincón de la cabina. Se encorva un poco, baja la voz y un halo de misterio lo rodea. A lo lejos se escucha un “presidente, ¿cómo está?” y ya imagina uno que es Álvaro Uribe llamando para acotarle algo u ofrecerle una información exclusiva que en instantes Lucas compartirá con su audiencia.

¿Pero qué hace Uribe –sí, el para muchos omnipotente Uribe– llamando a un muchacho de 25 años a contarle vainas?

Es simple: Uribe, así como los demás integrantes de la fauna política nacional, saben que en Lucas encuentran un interlocutor equilibrado, que no se deja manipular y poseedor del criterio suficiente para discernir entre lo que es noticia y la mera propaganda política.

Así se le va la mañana, entre entrevistas e historias que nos hablan del presente y el futuro de Colombia, mientras va dejando en evidencia las trapisondas de unos y las luchas de otros. Les pone los puntos sobre las íes a señores que llevan décadas construyendo una carrera en el sector público y a muchos los deja sin palabras con la pregunta certera que desarma un discurso prosopopéyico bueno para las barras, pero que Lucas desmorona con apenas un soplo.

Eso sí, tiene sus descaches. Es inolvidable esa ocasión en que calificó el merengue como música de viejos. O esa vez en que, fuera del aire, insistía en que debía dársele prioridad a Juan Fernando Cristo como invitado, pasando por encima de las voces y los testimonios de un terremoto de 7 grados en Ciudad de México. Pero más allá de esos tropiezos inocuos, sus interlocutores en la emisora, que pueden tener dos o tres veces su edad, saben que con Lucas van a la fija. Él sabe de lo que habla, no inventa, no especula y analiza la realidad como si llevara décadas mirando con lupa a nuestros políticos.

 

(El playboy más famoso de la historia)

Él mismo reconoce que desde niño sabía que quería ser periodista y que se iba a enfocar en la actualidad política. Tal vez por eso, en vez de estudiar periodismo o comunicación social, se decantó por las leyes y el derecho. Una decisión sabia, si se tiene en cuenta que el nuestro es un país de leyes, leguleyos y tinterillos en donde el inciso del numeral del literal del artículo de la ley es la clave de los goles que nos meten a los ciudadanos.

Sin embargo, el Lucas que más me gusta no es el que logra desentrañar los secretos de la política nacional, que bien podríamos llamar Lucas 1.0. El que de verdad sorprende hasta dejarlo a uno sin aliento es el modelo 2.0, su versión mejorada, ampliada, pero limitada únicamente a los más cercanos. Esa versión exclusiva aparece cuando los micrófonos están apagados. Ese Lucas 2.0 deja ver el tipo sencillo, cultísimo, de humor fino y risa estruendosa que encanta a las mujeres y ejerce un impresionante poder magnético en todos los que lo rodean.

Lucas sabe de música, de artes plásticas, de deportes y de negocios. Eso lo hace un gran conversador. Pero también es un experto en el arte del buen dormir, algo que puede sonar como una extravagancia, pero no lo es. Su simpatía con el mundo onírico llega por dos vertientes. La primera es que le cuesta trasnochar. Normalmente, hacia las nueve de la noche ya está listo para meterse bajo las cobijas. Pero la segunda es aún más particular: Lucas es socio de un almacén que se dedica a vender ropa de cama. Por eso, si un día cualquiera usted se lo encuentra en la calle, siéntase libre de preguntarle cuál es la mejor marca de almohadas de plumas o cuántos hilos debe tener un buen juego de sábanas para garantizar un sueño dulce, suave y placentero. Es un experto.

¿Pero de dónde salió este muchacho que nos sorprende en la radio? ¿Cuál fue la veta que permitió el nacimiento de esta gema periodística?

Podría extenderme hablando de su paso por el colegio Helvetia de Bogotá, del cual es bachiller. O entregar detalles sobre sus estudios en la Universidad de los Andes, de donde se graduó con honores. Igualmente podría contar sus historias de cuando hizo el consultorio jurídico –que viene a ser como el servicio militar obligatorio de los abogados– y atendía casos de riñas familiares y accidentes vehiculares. Pero no hay necesidad de entrar en esas honduras. Basta con una sola historia ocurrida cuando apenas llevaba unas semanas en La W.

En aquel inicio de 2016, un cierto senador afirmó en uno de esos corrillos que se arman en el salón de protocolo del Senado, que Lucas había llegado a su cargo en la emisora por ser hijo de Roberto Pombo, director de El Tiempo, y Juanita Santos, prima del presidente de la República. El comentario, amargo y revanchista, llegó a oídos de Lucas y lo hirió. Faltaba más: hay que ser canalla para emprenderla así contra un muchacho que en aquel entonces tenía 23 años y apenas daba sus primeros pasos en la reportería. Lucas calló. Mostró grandeza y se dedicó, día y noche, a convertirse en uno de los faros del periodismo político de hoy. Sin ayudas. Sin palancas. Él solito haciendo lo mismo que hacen los demás reporteros: aguantando interminables debates, leyendo soporíferos proyectos de ley, haciéndoles el quite a los lagartos.

(El Falcao de los ciegos)

Hoy quisiera saber qué pasa por la cabeza de ese senador cuando, al igual que Uribe, llama a Lucas a contarle una historia o le pide ayuda para salir al aire en La W y Lucas, con la misma grandeza que tuvo hace casi dos años, lo atiende como el caballero y buen periodista que es.

Sí, Lucas es Pombo Santos, pero con trabajo y solo con su trabajo ha demostrado que por encima de todo es Lucas, el periodista.